‘Finishers’ por segunda vez en la mítica París-Brest-París

José A. Jiménez y Eduardo Soler, del CD Ciclocubín, superan el desafío mayúsculo de esta ‘superbrevet’: un total de 1.200 kilómetros en menos de 90 horas.

José A. Jiménez y Eduardo Soler, con sus medallas de finishers de la París-Brest-París 2019 (Foto: Cedida).

Recorrer 1.200 kilómetros en bicicleta en menos de 90 horas. Un reto, la París-Brest-París, al que se han enfrentado dos ‘locos’ del pedal: José A. Jiménez y Eduardo Soler. Ambos miembros del CD Ciclocubín y muy vinculados a una carrera especial en nuestra provincia: el Dessafío Sierra Sur de Jaén. El primero fue alma máter de la prueba durante muchos años, además de uno de los creadores, mientras que el segundo es el actual presidente de la Asociación Dessafío Sierra Sur de Jaén, organizadora de la carrera decana del MTB de la provincia jienense.

Jiménez y Soler han completado por segunda ocasión esta aventura francesa organizada por el Audax Club Parisien que se celebra cada cuatro años y que arrancó el 18 de agosto. Para hacerse una idea de la dureza de este evento ciclista de larga distancia no competitivo basta señalar un dato, José Antonio apenas durmió cuatro horas en los cinco sectores: «Dos horas en Loudeac (ida) entre los sectores 1 y 2, una hora más en Loudeac (vuelta) entre el sector 3 y el 4 y media hora en Mortagne (entre los sectores 4 y 5), además de varias siestas cortas en parques», apunta.

Finalmente, José A. Jiménez invirtió un tiempo de 89:41:15, con media de 13,55 kilómetros por hora, mientras que Eduardo Soler rebajó de las 87 horas para marcar un tiempo total de 86:57:53, con una media de 13,97 kilómetros por hora. Una particularidad de este evento hizo que solo coincidieran un momento para saludarse cuando el primero iba camino de Brest y el segundo de vuelta a Carhaix. Y es que la salida se realizaba por tandas de 300 ciclistas cada quince minutos desde las 16:00 a las 21:00 horas del domingo 18 de agosto y desde las 5:00 a las 7:00 horas del día siguiente, y uno tenía la salida tres horas antes que su compañero, lo que también les llevó a enfrentarse a circunstancias distintas en la carretera.

La 19ª edición de la París-Brest-París (PBP 2019) ha tenido a casi 6.700 participantes. Una prueba mítica que desde 1891 a 1951 se celebró como carrera profesional y en la que en la actualidad colaboran 2.500 voluntarios. Una experiencia diferente que visita 178 localidades galas y en la que los participantes tienen que pasar por una serie de puntos de control y sellar el carné que le facilitan en la salida, y además en régimen de autosuficiencia, quedando prohibido recibir asistencia fuera de los puntos de control establecidos. Un reto más cercano a aquel ciclismo de finales del siglo XIX pensado para las grandes gestas sobre aquel invento entonces reciente y sobre el que se buscaba encontrar los límites del esfuerzo humano.

El propio José A. intenta explicar a El Ciclismo de Jaén cuál es la motivación para repetir este desafío por segunda vez: «Es difícil explicar qué nos motiva a repetir experiencias una y otra vez, en este caso, cada cuatro años. Sólo se me ocurre compararlo con las peregrinaciones de los romeros. Todos los años son iguales, pero regresan y lo viven como una experiencia nueva. Quizá los eventos ciclistas tienen algo de peregrinación emocional que nos engancha». Añade que «la magnitud de la prueba y de su recorrido es tan formidable y las circunstancias que lo rodean son tan variables (climatología, horario, estado físico y estado psicológico en cada momento) que siempre tienes la sensación de estar viviendo una prueba diferente. En mi caso, esta segunda vez no ha tenido nada que ver con la primera».

Miles de kilómetros de preparación
Pero se trata de un reto que arrancaba mucho antes de la semana pasada. Y es que para participar en una ‘superbrevet’ como la París-Brest-París hay que cumplir un requisito. Para poder inscribirse había que haber realizado este mismo año una serie completa de ‘brevets’: 200, 300, 400 y 600 kilómetros, y opcionalmente una de 1.000 kilómetros. El objetivo que se persigue en estas etapas de gran fondo no competitivas que se realizan en carreteras abiertas al tráfico y en las que las normas de tráfico deben ser estrictamente respetadas es adquirir un gran fondo para poder participar en cualquiera de las ‘randonnées’ que existen, siendo la París-Brest-París la reina de todas ellas.

Entre los entrenamientos y las pruebas realizadas, Eduardo Soler sumaba más de 10.000 kilómetros esta temporada. Para llegar a punto a tierras francesas, además de cumplir con lo estipulado por la organización, participó en varias de estas ‘marchas personales’ (no se las puede considerar ni marchas ni carreras) en Portugal, Córdoba, Castillo de Locubín, Loeches (Madrid) y Bilbao, además de completar la Flecha Ibérica y la Super Randonner Prepirineo.

En el caso de José A. Jiménez reconoce que en 2015 llegó «con una mejor preparación física, más kilómetros acumulados y mayor continuidad en la realización de pruebas de larga distancia. Por circunstancias laborales he pasado un par de años sin apenas entrenar y retomó el ciclismo de larga distancia a finales de 2018. He llegado a la prueba con poco más de 6.000 kilómetros de entrenamiento en esta temporada, lo cual no es demasiado para afrontar una prueba como esta». A esta circunstancia se suma «un error de estrategia» que le llevó a rodar «demasiado lento durante los primeros 300 kilómetros. Estuve a punto de pagar muy caro el retraso acumulado, quedando fuera de control, pero conseguí finalizar la prueba dentro del tiempo, a base de reducir las horas de sueño y de descanso. He vivido sensaciones nuevas, porque yo no estoy acostumbrado a pasar momentos agónicos. En las pruebas de larga distancia que había realizado hasta ahora, como Londres-Edimburgo-Londres 2013 (es el único andaluz que la tiene en su palmarés deportivo) y París-Brest-París 2015, siempre había cumplido mi planificación de forma matemática, ajustando al máximo los tiempos de pedaleo y descanso previstos y disponiendo de un buen colchón de tiempo».

En este sentido, la edición de 2019 ha sido «muchísimo más dura» para él. «El retraso inicial hizo saltar por los aires toda la planificación, lo que me llevó a dormir poco y sufrir importantes ataques de sueño, sobre todo al amanecer del segundo y tercer día. Ha sido muy duro recuperar el tiempo perdido para terminar finalmente dentro de control». Consiguió finalizar con apenas 19 minutos de margen, pero hay que tener en cuenta que es posible que su tiempo final se vea reducido en una hora porque ayudó a atender a un ciclista accidentado durante la madrugada hasta que llegó la ambulancia y la organización en estos casos proporciona una pequeña bonificación en tiempo.

Pese a la dureza, Jiménez, que detalla de forma extraordinaria esta aventura y la planificación en su blog Vivir en bici, se queda con la experiencia: «He aprendido mucho sobre mis límites, he intercambiado conocimientos con gentes de otras culturas, he conseguido remontar una situación delicada y he vivido una aventura apasionante. Es muy difícil describir las sensaciones que te produce un evento como la París-Brest-París. También me llevo un par de lecciones aprendidas para mi próxima prueba de larga distancia, en la que espero no cometer los mismos errores. El ciclismo randonneur (ciclismo no competitivo de larga distancia) es un aprendizaje continuo».

Y es que ninguna prueba de este tipo es tan impresionante como la París-Brest-París. Eduardo lo deja claro: «Esta ‘superbrevet’ es especial por el cariño con el que te trata la gente de las localidades de Francia. Aunque sean las 3 de la mañana, la gente pone una mesa en la calle y te ofrecen café, dulces, sopa caliente, e incluso habilitan el cobertizo de su casa con colchones y mantas por si quieres dormir», explica a El Ciclismo de Jaén.

José A. Jiménez coincide en su análisis de que se trata de una cita diferente: «La París-Brest-París es la prueba ciclista más antigua del mundo. Es un evento fantástico, que viene a ser la Meca del ciclismo randonneur y a ella vienen ciclistas de todo el mundo. Muchos se pasan los cuatro años preparándose y marcándose como objetivo esta prueba, para la que hay que clasificarse participando en eventos previos. Es el final de un largo camino y por ello supone una gran satisfacción conseguir el dorsal para participar. Muchos amigos míos han completado ya varias ediciones de la prueba y siempre quieren volver. La magnitud del evento, la formidable organización logística que despliega y la gran cantidad de ciclistas variopintos que nos damos cita en ella es un atractivo único. A lo largo de 1.200 kilómetros de recorrido nunca te encuentras solo. Siempre hay pelotones de ciclistas a los que te puedes unir, y a cualquier hora del día o de la noche encuentras pueblos en los que la gente sale a la calle, te anima, te ofrece avituallamientos, café caliente, chocolate, cruasanes… Sientes que estás culminando un reto formidable y que todo el mundo te apoya. Creo que es una prueba única y por eso es tan atractiva».

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